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  • Augusto Salvatto

Éxodo de talentos: El peor de nuestros problemas.

La decisión de emigrar está provocada por la falta de visión de futuro de la inexistente elite dirigente argentina. ¿Cómo lo revertimos?




Agosto de 2021. Buenos Aires, Argentina.


Como escribió – o simuló escribir – en una carta Cacho Castaña hace 32 años y once meses, aquí la cosa sigue igual. Argentina está triste y se muere de pena por tanta mentira y por las promesas que no se cumplieron.


La inmigración, el éxodo, Ezeiza, son fantasmas recurrentes en la historia argentina reciente, en especial para un sector de la población que, aunque parezca (o efectivamente sea) minoritario, es de suma importancia para los destinos del país.


¿Quiénes emigran? ¿Por qué? ¿De quién es la culpa? Y ¿Cómo lo cambiamos? ¿Podremos?


¿Por qué más gente decide irse?


¿Por qué una sociedad llega al punto de querer expulsar a sus propios hijos para que tengan un futuro mejor? ¿Por qué llegamos a la conclusión de que no pode- mos transformar nuestra realidad y que, por ende, el úni- co futuro posible se encuentra al emigrar? Para muchos, la respuesta es obvia: la Argentina ha pasado un tercio de su historia moderna en recesión, y palabras como “déficit”, “deuda externa” e “inflación” son recurrentes en el lenguaje cotidiano de cualquier argentino. Desde 1985 hasta enero de 2021, el peso argentino perdió 10 ceros, que le fueron directamente extirpados. Somos uno de los pocos países del mundo azotados por la inflación y no por casualidad hace casi un siglo Lucio V. Mansilla ya hacía referencia a las “crisis cada 10 años”. Quizás con estos argumentos sea suficiente como para responder a la pregunta de más arriba.


La decisión de emigrar, o la voluntad de hacerlo, está directamente relacionada con expectativas a futuro, más que con la situación actual o con un análisis histórico

Pero con eso no alcanza. Los problemas económicos, incluso los más graves, no son una respuesta suficiente para esa pregunta. La decisión de emigrar, o la voluntad de hacerlo, está directamente relacionada con expectativas a futuro, más que con la situación actual o con un análisis histórico. Nadie toma decisiones mirando el espejo retrovisor. Por el contrario, para entender por qué muchos argentinos creen que la salida está en el extranjero, tenemos que mirar más bien el futuro, antes que el pasado.


Y, para mirar al futuro, no hace falta consultar un oráculo, ni mandarnos a hacer la carta astral. Con poner un rato la televisión, especialmente en época de campaña electoral (hágalo bajo su propio riesgo), nos vamos a dar cuenta que salvo aisladas y honrosas excepciones, la política argentina y la elite dirigente en sentido amplio renunció al futuro.

Del futuro no se habla porque el presente garpa más. Pero, lamentablemente, una sociedad obsesionada con el presente es una sociedad que no puede transmitir expectativas a sus ciudadanos.


La política no puede renunciar al futuro


El rol más importante de la política con mayúsculas para una sociedad es la capacidad de articular una visión de futuro, señalar el rumbo, y acompañar a los distintos sectores en ese trayecto.


En vez de estigmatizar al que decide irse, o echarse culpas entre ellos, la política argentina debería estar pensando cómo formar una élite dirigente multisectorial, pluripartidaria y multidisciplinaria

La política argentina decidió deliberadamente dejar de hablarle a un sector minoritario pero sumamente importante: Aquellos que, por mérito o privilegio (A los fines de esta columna, da exactamente igual), tienen estudios universitarios, o de posgrado, son jóvenes profesionales o emprendedores “exitosos” (muchas comillas), se formaron, trabajaron, o vacacionaron con frecuencia en el exterior, son parte de un sector fundamental para cualquier sociedad. La idea élite dirigente tiene mala prensa. La falta de creatividad marketinera para encontrar un nombre que no genere rechazo, no debería tapar la importancia que de por sí tiene este sector.


La elite dirigente es la que crea trabajo y riqueza, dos de las cosas que más necesita argentina. Pero esa misma élite, probablemente sobreescolarizada y más informada que la media de la sociedad es más difícil de convencer con eslóganes, frases hechas y relato. Los proyectos reales, los datos y las argumentaciones serias y exahustivas brillan por su ausencia en la política argentina, y la consecuencia es, principalmente, que ese sector minoritario pero importante decide buscar su rumbo en otro lado.





En vez de estigmatizar al que decide irse, o echarse culpas entre ellos, la política argentina debería estar pensando cómo formar una élite dirigente multisectorial, pluripartidaria y multidisciplinaria que haga lo que esta generación de políticos no pudo hacer: consensuar una visión de país adaptada a las necesidades del siglo XXI.


El peor de nuestros problemas


Pero, Augusto, con todos los problemas que tiene Argentina, ¿te parece que este puede er el peor de nuestros problemas? ¿No estás exagerando un poco?


Dicen los que saben de oratoria que siempre hay que anticiparse a responder lo que crees que te van a criticar. Así que, aunque nadie haya hecho la pregunta todavía, voy a responderla de todas formas. La primer respuesta que me surge ante este ficticio interrogante es que como esta es mí columna, me arrogo el derecho a elegir el problema que me plazca para ponerlo más alto en el ranking. Pero como la subjetividad tiene una injusta mala prensa, voy a ensayar un segundo argumento, un poco menos arbitrario, aunque no mucho menos subjetivo.


El principal activo de una sociedad en el siglo XXI no son sus recursos naturales, ni la escala de sus industrias, o el poderío de sus fuerzas armadas, sino el talento y el conocimiento de sus ciudadanos.


En este contexto, el éxodo de los talentos es doblemente perverso.

En este contexto, el éxodo de los talentos es doblemente perverso: Por un lado, sólo se va la minoría de los que tienen las posibilidades de, al menos, pagar un pasaje, mientras que a la mayoría de la sociedad no le queda otra que seguir peleándola en un contexto de permanente crisis y estancamiento. Pero, por otro lado, si se van aquellos con más posibilidades de crear riqueza y trabajo, ¿qué futuro le espera a los que se quedan?


Esa pregunta se torna desesperante. Y la única forma de que el mate se caiga sobre la carta es poner al futuro en el centro de la discusión.

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